(Patricia Kolesnicov)
Las propuestas cinematográficas de cualquier pueblo están directamente relacionadas con la historia del mismo; de un pueblo rebuscado y romántico como lo es el francés brota un tipo de películas similares a tartas decorados con betún colores pastel; así mismo, la idiosincrasia de un pueblo como el gringo, llena de miedo y odio racial alimentado por el sentimiento de superioridad que lo caracteriza, se refleja en su producción cinematográfica. Podemos seguir señalando ejemplos y relacionando el espíritu de cada pueblo con sus expresiones artísticas. En esta ocasión le toca a América Latina, una región donde la violencia es tan necesaria como el aire para respirar. De la ebullición de tan característico fenómeno resultan también expresiones artísticas y cinematográficas. Así, la violencia tiene ya una tradición en lo concerniente a la pantalla grande. Desde el surgimiento de la pornomiseria colombiana o la pornochancahada brasileña la violencia ha ido ganando terreno en la cinematografía latinoamericana. Películas como La virgen de los sicarios de Barbet Schoroeder, La desazón suprema de Luis Ospina (documental sobre la vida de Vallejo), Secuestro Express del venezolano Jonathan Jakubovicz, La ciudad de dios de Fernando Meirelles y Katia Lund o La vendedora de rosas de Victor Garina muestran esta nuestra cruda realidad.
Sin embargo, es muy probable que sólo hasta nuestros días se haya intentado desarrollar una explicación teórica de tan impecable, crítica, desafiante y cruda como la propuesta literaria y científica del escritor colombiano Fernando Vallejo. Una propuesta que raya en la innegable relación que hay entre la injusticia social y la inexistencia de dios. ¿por qué dios nos demuestra su voluntad a través del sufrimiento?, ¿si uno de los atributos divinos es la bondad porqué existen entonces las diferencias sociales y la miseria? La respuesta oscila entre pensar que dios pone al hombre pruebas despiadadas o que dios no existe.
No se necesitan años observación para presenciar la vida violenta Latinoamericana, pero ¿si se necesitan para concluir de ello la inexistencia de dios? Una respuesta positiva podría caracterizar la fuerza con la que, el escritor colombiano Vallejo, niega a dios y a la religión y para entender por qué cuesta más padecer el dolor humano que el dolor animal. El primero se acentúa por la eterna contradicción entre lo idílico y lo real. El segundo es placer humano convertido en caca o en la bala que atraviesa el cráneo de un perro moribundo a orillas de un canal putrefacto. A través de Medellín, Vallejo desnuda la cruda condición humana. Sólo ahí cabe la radical intención de representar el modo en que el “niño” del escritor supo valorar más la vida de un perro que la propia. Colombia -nos dice Vallejo- es la vanguardia del desastre pero la condición humana en esencia es igual en todos lados. Hay pues una relación entre el sufrimiento humano y la inexistencia de dios, y más para los pueblos en los que ésta idea significa explotación y muerte.
La osadía de imaginar la vida sin dios es un invento occidental que tomó fuerza tras las evidencias que el materialismo histórico nos dio con la denuncia del convenio firmado entre capitalismo, idealismo y cristianismo. En la actualidad, Vallejo vuelve a echar al caño aquella idea según la cuál, a través del trabajo el hombre, se diviniza y dios se humaniza. La muerte de dios para Vallejo, no es más que una necesidad adaptada a los intereses de la producción. El espíritu, tal como lo pensó Hegel, no es lo verdadero que abarca todo en sí, ni la garantía de que el hombre participe de lo divino, sino la guerra declarada contra la naturaleza, en nombre de la cuál el hombre devasta, corrompe, profana, mercantiliza. Vallejo ha desinflado toda idealización y divinización del hombre, no confía en la esperanza de un orden cívico, político o económico, no es un Nietszsche, que tras la negación de dios, evidencia su idolatría por lo griego. Él acepta la condena humana, la vive y la siente, es conciente de ella y la nombra tal como lo hacía ya la representación teatral en las tragedias clásicas. Así, la negación de dios y de la religión desborda los límites políticos y se encarna en un lugar que representa la ausencia de esperanza: Colombia. Desde Colombia, el centro del mundo para Vallejo, es posible pensar la ausencia total de esperanza; Sólo desde ahí se vuelve posible señalar la ausencia de moral y lo absurdo de la existencia humana. Colombia, “el país más asesino de la tierra” muestra la violencia con la que el hombre se destruya a sí mismo ¿Para qué seguir reproduciendo la vida si la aniquilamos con la misma facilidad que cuesta la procreación y el matrimonio?





